jueves, 6 de marzo de 2014

Las enseñazas de una casita de cartón


Una casita de cartón de color blanca para  construir y decorar,  fue  uno de los regalos que confisqué a mi hija sin que  se diera cuenta, por supuesto, ante el desmesurado montón de regalos que sus majestades de oriente dejaron con su   nombre  a pie de árbol las pasadas navidades. Pensando que  cuando se le pasara la sobredosis de  juguetes navideños, sorprendería a mi hija con esa preciosa casita y que ambas  la decoraríamos en una tarde de lluvia, hummm ¡qué apetecible!, pensé.
El  trastero será el lugar ideal para esconderla, me dije, ya que es innumerable la cantidad de  objetos que con el paso de los años hemos ido  acumulando ahí dentro y aunque ultimamente le ha dado por hacer de detective y  decidiese entrar,  le costaría descubrirla.

Si en algo se está caracterizando este invierno es por  las tardes de lluvia, pero la casita de cartón había quedado completamente relegada al olvido. Hasta el pasado fin de semana cuando de pronto escucho: “-Amaaaaaa  ¿qué es esto?–“  Era la voz de mi hija Libe procedente del trastero. Últimamente le ha dado por hacer de detective y no hay objeto perdido que se le resista “– mira lo que me he encontrado!!! –“

 No sé a cuál de las dos hizo más ilusión tan inesperado hallazgo. Estábamos en plena alerta roja por viento y lluvia, las opciones de entretener a la inquieta y curiosa Libe estaban ya más que agotadas para esas alturas del fin de semana, y  además, la idea de construir la casita para   luego pintarla y decorarla me atraía enormemente, y hacerlo con mi hija aún más.

Mi quizá excesivo entusiasmo ante la actividad fue sin duda lo que contribuyó a tirar por tierra toda la emoción y la ilusión que le hacía a Libe  pasarse la tarde haciendo la casita con su madre.  Y es  que lo que sucedió no fue otra cosa más que una historia de expectativas incumplidas, cada una de nosotras había visualizado nuestra tarde de manualidades de manera un tanto diferente.

Desenpolvé  una caja donde guardo papeles de colores y diferentes materiales que hace ya algunos años, cuando tenía más tiempo libre del que tengo ahora, utilizaba para decorar álbumes de fotos, cuadros y diversos objetos. Libe estaba encantada, nunca hasta entonces había visto esa caja, y de tanta emoción no podía pararse quieta en la silla.

“–Ahora haremos las tejas así, de ese tamaño, la chimenea con este material, la veleta de este otro…–“ De pronto me había convertido en una “experta en manualidades”. Libe que es un amor  y estaba tan encantada de tenerme solo para ella, al principio iba siguiendo mis indicaciones con gusto. – Y ahora vamos a pintar esto así…– y mi hija cada vez más desconectada. Yo percibía que estaba haciendo esfuerzos por agradarme cumpliendo formalmente mis indicaciones. –Ahora haz las tejas un poco más pequeñas– seguía yo, y Libe cada vez más desconectada, y  cada vez más, hasta que no pudo más. – Qué rollo ama!!!!... Me aburrrrooooo… ¿Es que no te has dado cuenta de que en la caja pone para niños de 3 a 12 años? –

No podía parar de reírme de mi misma. Mi hija con tan sólo 6 años tenía más sentido común que yo! Insistí para que siguiese la actividad conmigo asegurándole que el resto de la casa la haríamos como ella quisiera que ahora sería ella la maestra.  Pero  ya era demasiado tarde, el condicionamiento al que la había sometido ya estaba dando sus frutos. – No ama, si así me encanta, forraremos las paredes con este papel como tú has dicho por que va a quedar muy bonita –.

Es tan sólo una pequeña anécdota familiar, quizá un tanto extrema,  pero refleja ese modo de actuar con los niños, que en  demasiadas ocasiones, en mi opinión, empleamos cuando programamos, adoctrinamos o condicionamos para que piensen y se comporten de una determinada forma que es la adecuada según nuestro criterio;  porque  enseñarles a pensar por sí mismos respetando su libertad, su creatividad, y su manera de ser, nos resulta bastante más complicado y requiere de una mayor entrega de  nuestra parte.

  Así quedó la casita después de “mi clase magistral” de manualidades, la he dejado en la habitación de mi hija para que cuando le apetezca la termine…, como a ella le apetezca.
 

 

 

 

viernes, 28 de febrero de 2014

Reabriendo un largo capítulo


 Este año por primera vez  me había propuesto escribir un post como una forma de participar en el día de las enfermedades raras que se celebra hoy. Pese a que el contenido va a ser completamente diferente del que había pensado en un principio, lo escribiré de igual modo.

June acaba de cumplir 5 años, y hasta hace más bien poco tiempo la combinación "enfermedad", unida al adjetivo "rara", y todo ello unido a mi preciosa niña, era algo que me producía un dolor tan intenso de soportar que durante mucho tiempo la negación ha ocupado el lugar de la aceptación, incrustada en mí como un poderoso mecanismo de defensa. Era demasiado para mí asumir que June tenía una enfermedad,  más aún "rara", y mucho más aún, celebrar el día de las enfermedades raras.

 Sin embargo, a lo largo de estos años,  un intenso proceso de duelo ha ido allanando mi paisaje interior para poder así aceptar este hecho, y amar profundamente a mi niñita tal cual es, incluida su enfermedad.

Hace apenas un par de meses escribía emocionada un post titulado “cerrando un largo capítulo”. Hoy escribo este post con esa emoción truncada, pero  emoción al fin y al cabo.

Por aquel entonces quería compartir y celebrar con vosotros que, por fin, parecía despejarse la incógnita sobre el retraso psicomotor de mi hijita. Tras años de incertidumbre había un posible diagnóstico: “Déficit en el transporte de creatina”. Su tratamiento, pese a no ser curativo, ayudaría a June en sus esfuerzos por superarse día a día y, lo mejor de todo, resultaban esperanzadoras las investigaciones que se estaban realizando en diferentes partes del mundo de cara a la cura definitiva de este déficit.

Cuando por fin acepté que era  la madre de una niña con una de esas llamadas "enfermedades raras", o poco frecuentes, me inicié  torpemente en un nuevo mundo. La soledad y el sentimiento de invisibilidad de pronto se convirtieron en unos incómodos y permanentes acompañantes. Comprendí que hasta que no lográsemos que June tuviera un diagnóstico, no sólo era invisible sino que, lo que es aún peor, ni siquiera  "existía" para la ciencia.

La enorme necesidad que tenía de que June "existiera", me llevó a creerme el hipotético diagnóstico como una certeza. Yo preferí, o más bien necesité, quedarme con el "sí". Y eso a pesar de que en su momento la comunidad científica estaba dividida: unos eran partidarios de que "sí" tenía esa deficiencia, y otros se inclinaban rotundamente por el "no". Una nueva una prueba clínica iba a ser la encargada de dar la razón a unos u otros.

A estas alturas del post ya habréis adivinado que la balanza se ha inclinado hacia el más contundente, seco y despiadado de los “noes”.

Pese a mi voluntad de abrazar la vida tal cual es, y los hechos que ella me presenta con  un  enorme "SI", no negaré que los ecos del mazazo aún resuenan en mi interior, y que  estoy recomponiendo las piezas que aún  no logro encajar.

Una vez consiga completar mi limpieza emocional, abriré  de nuevo el capítulo titulad"En busca de diagnóstico". Espero que tenga el final feliz más deseado  y soñado de mi vida para que mi hija June “exista" para la ciencia, y que esta sea capaz de ayudarla.  Mientras tanto, al menos hoy, celebro a  mi manera  el día de las “Enfermedades raras”.

jueves, 20 de febrero de 2014

A cerca de soltar y dejar partir...



 “La verdadera profesión del hombre es encontrar el camino hacia sí mismo” afirmaba Hermann Hesse. 

Mi compromiso con esa búsqueda es como el sirimiri tan característico de mi tierra. Una forma de lluvia en la que las gotas de agua son tan finas que da la impresión de que   están flotando en el ambiente. Es una precipitación de poca intensidad pero que te va calando poco a poco. En un principio parece que no te mojas, pero después de un tiempo, más o menos prolongado, acabas empapado hasta los huesos.

Fruto de ese compromiso con encontrar mi verdadero camino en la vida y, a su vez, tratando de contribuir a que mis clientes también lo encuentren, es como voy tomando conciencia de cuales son algunos de los obstáculos que solemos encontrarnos en dicho camino.

Y es que a todos nos pasan más o menos las mismas cosas, pero cada uno de nosotros digamos que tiene ciertos temas recurrentes que machaconamente se van repitiendo una y otra vez hasta la saciedad.

El otro día, mientras me daba un inspirador paseo por la playa, iba rumiando sobre este asunto, y me sonreía a mí  misma dándome cuenta de mi tendencia a apegarme a lo que para mí resulta familiar o cotidiano, y no me refiero sólo a las personas que forman parte de mi vida, sino también a objetos como pueden ser libros, alguna prenda de vestir que conservo en mi armario pese a que hace siglos que no me pongo, también  a ciertos lugares como Bilbao, la ciudad en la que nací y en la que vivo, mi querida playa de Gorliz, el piso en el que vivo, y algún que otro aspecto más que puede entrar en la categoría de “los apegos de Maite”.

 Aunque lo que yo estaba contemplando era un enfadadísimo mar cantábrico que rugía embravecido, a mi mente acudía la cita de Heraclito: No te puedes bañar dos veces en el mismo río, como  perfecta ilustración sobre cómo la vida fluye,  sobre cómo todo tiene un principio y un final. Y es que aunque parece que sabemos que la muerte forma parte de la vida, no lo debemos de comprender del todo, porque  en general nos cuesta asumir las separaciones, los finales, las rupturas… y es así como nos quedamos muchas veces atrapados en relaciones que hace tiempo que dejaron  de nutrirnos, o siendo fieles a una serie de ideas o creencias que nos vinieron dadas cuando éramos niños, pero que ahora poco o nada tienen que ver con el ser adulto en el que nos hemos convertido, o bien nos vinculamos hasta con los árboles de la calle en  la que vivimos , como puede ser mi caso jejeje….

  Al inicio de este post aludía a mi compromiso con encontrar mi camino.  Hace poco que he comenzado a meditar como vía para desarrollar el desapego, actitud esta que nos pone en el camino de la verdadera libertad, y que tiene muchos matices, pero a mí me gusta resumirla como ese paso que damos para dejar partir lo viejo y poder, así, recibir algo nuevo que sea más afín a quienes somos en este momento.

Estas líneas de una de mis maestras, Enriqueta Olivari, reflejan muy bien esta actitud:

Limpiar el corazón de antiguos rencores,

Y aprender de las experiencias vividas.

Soltar con desapego lo viejo

O lo que no pudo ser…

Decir adiós a antiguas relaciones

Que ya cumplieron su cliclo

Y abrir un espacio en nuestra energía

Para la llegada de lo nuevo.



miércoles, 5 de febrero de 2014

Una historia de nubarrones


Todo parecía indicar que  hoy me esperaba un día, o al menos una mañana, de esas que yo llamo torcidas. Y es que ser la madre de  June supone  un maratón de cosas por hacer, a veces difícil de llevar, y que pese a mi firme compromiso de abrazar la realidad tal cual es, hay  días en los que flojeo y me instalo en la queja y en el victimismo, tal y como me ha sucedido esta mañana.

El listado de actividades que realiza  June es bastante extenso: colegio, fisioterapia, estimulación, integración sensorial, hidroterapia…y como las piezas de  un puzzle, están encajadas al milímetro en mi agenda junto con otras  facetas, que además de madre de June, también tengo. 

 Pero esta mañana, por diversos motivos nada interesantes de contar, estas piezas del puzzle se han colocado en otro lugar,  y lo que tenía planificado hacer se ha visto trastocado, y en su lugar me he encontrado conduciendo mi  coche hasta el centro en el que  June realiza algunas de sus terapias.

Un alubión de pensamientos negativos iban y venían, y como gracioso contraste a mi estado de ánimo, June riéndose a carcajadas en el asiento trasero del coche mientras veía un DVD de su gran amigo Poco Yo…

"Ya que vas a perder toda la mañana, piérdela bien y vete a dar un paseo por la playa", me he dicho a mi misma.

El mar me reconforta profundamente, así que en aras a encontrar un poco de paz interior me he dirigido hacia la costa, y antes de llegar a la playa, tal y como muestran las figuras que se utilizan para ilustrar las polaridades tan utilizadas en gestalt (Ying-yang, mujer joven-anciana, copa-siluetas…) , el cielo me ha mostrado lo que ocurría en mi interior:

esta era la imagen que veía frente a mí...






 ...donde amenazaba un inmenso nubarrón negro que se cernía sobre Plentzia, al igual que el que tenía yo en mi cabeza, pero al hacer un giro de 180 grados sobre mi misma, sin embargo, esta otra imagen se postraba detrás de mi:
 
 ...un sol brillante sobre un cielo azul intenso...

Me apetecía enormemente ir hacia la parte donde brillaba  el sol pero la playa se encuentra justo en la dirección que me llevaba hacia la más absoluta negrura, cuatro pasos hacia delante llovía, cuatro pasos hacia atrás no… wow!!!! Nunca antes había vivido esa experiencia,  ahora me mojo…ahora no me mojo… Decidida, me he puesto el gorro de mi chubasquero  y con paso firme  me he dicho:  Vayamos a  Mordor Maite!

A medida que caminaba  bajo la lluvia he ido poco a poco apreciando la belleza no solo del paisaje, sino de ese cielo que en un principio me resultaba tenebroso, y que ahora me estaba haciendo disfrutar tanto. Y tal y como nos ocurre a las personas, cuando aceptamos e integramos  nuestra sombra (concepto al que alude  Debbie Ford para referirse a esa parte nuestra que no toleramos y por eso reprimimos), ésta comienza a disiparse.

Y así, de pronto, el azul intenso comenzaba a ganar terreno a la negrura, hasta que finalmente los nubarrones han desaparecido por completo. Idéntico proceso el que han hecho mis pensamientos!!!


 Así  se quedaba Plentzia mientras me iba después de un más que agradable paseo, y encima en la radio sonaba "It´s a beautiful day" de mi adorado Michael Bublé como inmejorable colofón...
 

martes, 17 de diciembre de 2013

Y me dije a mi misma...

No me lo dije así tan literalmente, pero casi, casi…

Siempre me he sentido como una especie de buscadora del bienestar, de la serenidad y de, al menos para mí, la tan ansiada paz interior.  Es por eso que tengo el convencimiento de  que tanto mi formación, como mi trayectoria profesional, y todas las experiencias que he ido viviendo hasta ahora me han servido como mágicos puentes para situarme en la casilla de salida de eso que llamamos felicidad.
 

“Quiero ser feliz, mi objetivo es ser feliz, no entiendo porque estoy así, si lo tengo todo para ser feliz, algún día seré feliz…” son apenas unos fragmentos extraídos de esos momentos maravillosos  en los que mis clientes comparten conmigo sus anhelos más profundos. Y es que la búsqueda de la felicidad es algo que tenemos en común la mayoría de las personas.
Sin embargo, creo que hay algo erróneo en esta denominada búsqueda. A mí me ha costado darme cuenta del error, pero lo bueno es que me he dado cuenta, y eso en sí mismo es maravilloso.
La felicidad, en mi opinión,  no es algo que hayamos de buscar o de perseguir. La felicidad no nos viene dada porque hayamos conseguido esto o aquello, o porque nos hayamos comprado un coche maravilloso, o el último modelo de Smartphone, o porque nos vayamos de vacaciones a las islas Mauricio. Todo eso son distracciones, placeres momentáneos que una vez conseguidos disipan esa mal llamada “felicidad” y, de nuevo, nos confrontamos con el incómodo vacío existencial.
Es innumerable la enorme cantidad de bibliografía que nos dice que la felicidad no está  ahí afuera, sino que es un estado del ser,  es una actitud, es apreciar los momentos, es valorar los detalles, es poner énfasis en lo que está bien, y en lo que ya tenemos, en lugar de magnificar lo que está mal y lo que nos falta. Es agradecer, y que  independientemente de las circunstancias que a uno le toque vivir, uno puede elegir que actitud adoptar.
 Esto creo que es así, y lo comparto firmemente. Sin embargo, mi experiencia me dice que para llegar ahí no basta con comprender que esto es así, sino que se ha de “sentir en las tripas” como me gusta decir, y para ello, uno ha de emprender un viaje, no a las islas Mauricio precisamente, sino un viaje de autoconocimiento. Además, has de saber que ese viaje no estará exento de dificultades, frustraciones y que alguna que otra piedra se cruzará en nuestro camino.
En la mayoría de casos, antes de emprender este viaje, será necesario  hacer una limpieza emocional y sanar viejas heridas, para que así pueda darse la primera y una de las más esenciasles  condiciones para que ese propósito de ser felices, pese a las circunstancias, pueda tener cabida, que no es otra que un amor autentico y genuino a uno mismo.  
Esta falta de amor hacia uno mismo está en la base de muchas de las carencias e insatisfacciones  que sentimos en nuestras vidas, y  es un aprendizaje que todos en mayor o menor medida hemos de hacer, y como lamentablemente no nos lo enseñan en la escuela, lo habremos de hacer nosotros solitos.
Terminaré mi post con un video de una canción de Michel Bublé que  me emociona, pero  tanto si entiendes la letra, como si no, quiero que lo tomes como una declaración  de amor a ti mismo. Ya que la mayoría de las canciones nos programan para que proyectemos el amor fuera de nosotros al igual que sucede cuando pensamos que hemos de buscar la felicidad "ahí afuera".
Así que dirige tu mirada a tu interior y escucha:



lunes, 2 de diciembre de 2013

Cerrando un largo capítulo

Hace ya algunos meses que escribí este post pero a última hora decidí no subirlo al blog porque la exigente voz de mi lado más estricto decía: -Ya está bien de hablar de lo mismo…aburrirás a todo el mundo con “tu tema”-. Y así fue que lo deseché.


A lo largo de este tiempo son bastantes las personas que me han escrito felicitándome por el blog, y compartiendo conmigo lo mucho que les han emocionado las entradas en las que escribo sobre June, mi hija pequeña. Sin embargo, ayer me escribió una persona enormemente generosa que además de hacerme unas recomendaciones sobre mi página, me preguntaba más o menos directamente qué tal seguía “la lucha” que mi hijita estaba lidiando.

Así fue como vino a mi cabeza esa estrada que en su día censuré y que hoy he decidido compartir con vosotros.

Sé que es importante cerrar las etapas por las que vamos caminando en nuestras vidas para permitir que las nuevas que están por venir tengan todo el espacio que necesitan. Escribir acerca de ello para mi es un ritual que facilita este proceso. Esa fue la primera intención cuando escribí las líneas que a continuación podéis leer.

Hoy lo hago no solo por cerrar una etapa, sino por compartir, por agradecer y por celebrar. Aquí va:

Tres años y medio de dudas, dolor, expectativas, desilusión, miedo, desconfianza, y también de amor, cuidado, cariño, risas, esperanza e ilusión…esa es la mezcla de emociones en la que hemos estado inmersos durante todo este tiempo en el que la pequeña y preciosa June ha mantenido en vilo a su familia, y a la comunidad médica de medio mundo.

Hoy escribo estas líneas con la emoción de cerrar un capítulo en la historia de nuestra pequeña June. Un capítulo cuyos ecos resuenan como punzadas: “vuestra hija tiene una enfermedad rara… todo indica que se quedará en el saco de las enfermedades sin diagnóstico…es como buscar una aguja en un pajar….no sabemos su pronóstico…”, y como experiencias dolorosas física y emocionalmente: punción lumbar, biopsias musculares, resonancia magnética, electromiograma, electroencefalograma…, y cuyo aroma es una mezcla de aeropuertos, hospitales, centros de investigación, autopistas, trenes…

Déficit en el transporte de la creatina. Ese el nombre que parece tiene esa aguja que estaba perdida en el pajar. Soy consciente de que aún nos queda muchísimo camino por recorrer y muchas puertas que tocar, pero estamos en una senda completamente diferente.

En mis sesiones de trabajo suelo remarcar con insistencia la importancia de celebrar los logros, aspecto este que generalmente todos descuidamos. Yo la primera.

No importa el tamaño, la magnitud o el calibre de aquello que hayamos conseguido. Detrás de ello siempre hay esfuerzo, sacrificio, a veces desesperación e incertidumbre. Y por eso, cuando lo conseguimos, hemos de celebrarlo de la manera que consideremos apropiada, un simple gesto puede bastar.

Yo lo celebro así, escribiendo, y contemplando a mi preciosa niñita que se esfuerza día a día en superarse. Y maravillándome ante el ser sensible, atento y lleno de amor en el que se está convirtiendo mi otro amor, mi hija mayor Libe.

Y June, un ángel en la tierra, un alma pura y valiente, lo celebra así...








miércoles, 9 de octubre de 2013

¿Bailamos?

En la anterior entrada hablaba de la vuelta al cole. Un mes después, he de decir que, por fin ha terminado!. Los que tenemos hijos en edad escolar sabemos la cantidad de idas y venidas que conllevan  las innumerables compras que se han de realizar, por no hablar del considerable desembolso económico que supone.
 Mi hija mayor, Libe, ha comenzado una nueva etapa. Ha dejado la educación infantil para comenzar  primero de primaria, y confieso que estoy algo perpleja ante este cambio. De golpe y porrazo hemos pasado de  las canciones y los juegos, a los libros, mochila y deberes diarios. Sin embargo,  ella está encantada, se siente muy mayor y eso se nota en su actitud.
Sin duda, parte de mi perplejidad responde a esa parte de mí que se resiste con obstinación a que su querida hijita se haga mayor. Sin embargo, existe un componente de reflexión que  es el que me ha llevado a escribir este post.
Hoy en día los centros educativos ofertan un sinfín de actividades extraescolares de todo tipo: deportivas, culturales, artísticas, académicas…  Cuando recibimos el catálogo de estas actividades, pregunté a Libe si le apetecía hacer alguna actividad después de salir del cole, y me contestó lo siguiente: “Ama, lo único que quiero es bailar, no quiero ni inglés, ni natación, ni nada de eso”. Así que dicho y hecho, le apunté a ballet.
Todos los padres queremos lo mejor para nuestros hijos, pero pienso que en esta sociedad competitiva que hemos construido hay algo  que no estamos haciendo bien, y es sobrecargar las ya de por sí saturadas agendas de los niños.
Aún resuena en mis oídos: ” le he apuntado a inglés a mediodía para que no se le haga muy largo estar en el patio jugando”,  “le apuntaré a algo que le sirva para algo", “yo le he apuntado a inglés, ajedrez, natación, y piano”,  “ aprender chino es el futuro”, “ ahora es el momento, cuanto más pequeños antes aprenden”,…
Aprender, aprender, aprender…conceptos académicos!  Pero se nos olvida que es a través del juego  y de la expresión creativa como los niños aprenden a vivir felices. Y que el juego libre y espontáneo sin ningún para qué, sin ninguna finalidad concreta, es una actividad vital e indispensable  para su desarrollo intelectual, afectivo y motor, y no un simple pasatiempo.
Quizá no sea una relación causa-efecto, pero en mi quehacer diario, tras el adulto que se sienta frente a mí, puedo ver al niño que en su día fue al que le gustaba la pintura, o la danza, o el patinaje sobre hielo por ejemplo; o al adolescente que quería estudiar filosofía, o bellas artes, o periodismo, pero que harto de escuchar que “esas cosas no tienen futuro”, decidió estudiar ingeniería, derecho y demás carreras “con salida”.
Es así como nuestra mochila para la vida se va llenando de las expectativas y de los deseos  de otros, y cuando uno es adulto, y algún curioso (como yo) plantea la simple pero a veces complicada pregunta: ¿Qué es lo que quieres? ¿Qué te gusta hacer?  Un incómodo rubor hace acto de presencia y se escucha un tímido y sorprendido “no sé”…
Disfrutad con el siguiente vídeo y no os olvidéis de bailar!!!